El menda que escribe

Vivo en Valladolid, la ciudad donde nunca pasa nada.
"Se que no debería, pero me voy a tomar otra copa."

domingo, 5 de septiembre de 2010

El boxeador

Es domingo, normalmente a las siete de la mañana estaría o bien en mi cama durmiendo la resaca o bien en cama ajena. Pero no, esta semana es diferente, el viernes hay velada y por eso me estoy mojando cruzando un lluvioso Puente Mayor.
Tengo 32 años y como todos los boxeadores de mi generación crecí con las pelis de Rocky asíque no es de extrañar que lleve un chandal gris, capucha incluída. Septiembre es una mierda, ayer mismo hacía un calor de mil demonios, pero hoy, con el cambio de mes ha amanecido completamente nublado el cielo de Valladolid. La temperatura no es mala, pero una lluvia fina cae, despertando perezosamente a la ciudad, que a estas horas aún es reticente a ponerse en marcha un día más. Dos borrachos pasan a mi lado, supongo que su mayor objetivo en la vida ahora mismo es alcanzar su casa y la comodidad de sus camas. Me dejan un pestazo a ginebra cuando nos cruzamos.
La cosa es hacerme una hora de footing, rodear las Moreras, el Poniente y volver a casa. Esto es un desastre, estoy kilo y poco por encima del peso pactado... es mi primera velada en 3 meses, asíque tengo que tener un aspecto aceptable. Empiezo a jadear, tengo los playeros empapados, paso de esquivar los charcos. Una vieja me mira con cara extraña, está paseando a su perro versión miniatura, con un estúpido jersey de rombos morados. Sonrío.


-¡No te esperábamos hoy por aquí!.
Los chicos me saludan cuando me ven entrar en el gimnasio. Siempre he odiado los macrogimnasios tipo el Palero, de acuerdo, tienen las mejores instalaciones, pero todo es demasiado... no se, hecho en serie, productos sin personalidad, números sin más. Por eso nunca me he movido del viejo gimnasio King Kong de mi barrio. Un viejo edificio de ladrillos pintados de blanco con esas ventanas alargadas que abarcan los dos pisos que tiene y un letrero con el nombre en vertical, de esos que se iluminan por las noches. No tiene piscinas ni saunas con baños suecos ni mariconadas, pero se respira el auténtico ambiente de gimnasio, no se... no se como explicarlo mejor, pero me encanta ese lugar.
-Tienes que machacar a ese hijoputa. Me dicen los chavales, me reconocen por un cartel en blanco y negro que hay en la entrada, "Gran velada boxística, Cañón Estevan contra Eulogio Romero". Me llaman cañón desde pequeño, no tiene nada que ver con el boxeo, pero para esto, supongo que es un apodo acertado.
No falta el capullo que me dice que tiene María. -Tío no me jodas, boxeo el viernes.
Salgo de allí con la bolsa de deporte al hombro, sigue lloviznando, tooodo el cielo grisaceo, como una capota que cubre la ciudad. Supongo que el verano se ha terminado, pienso.
Miro mi decrépito Renault 12 que alguna vez fué de color granate, supongo que es lo mejor que puedo esperar... al fin y al cabo nunca dí el salto al profesionalismo. Abro y tiro la bolsa al interior, sobre el asiento del copiloto. Un crucifijo cuelga del retrovisor y se balancea caprichosamente cuando empiezo a maniobrar para salir del aparcamiento. Parece que ha parado de llover, aunque el cielo sigue igual de tristón.


Me han dicho que el polideportivo está lleno, no me lo termino de creer, Valladolid no tiene una gran afición por el "noble arte", como dicen los periodistas cuando van de listillos.
La verdad es que estoy tranquilo, sentado en el banco de madera, en el vestuario, conozco al tal Eulogio, tiene veintitantos años y es buen chico... simplemente no tuvo suerte, es otro despojo como yo, ya solo podemos aspirar a hacer de sparring de algún chaval insolente que se crea el próximo Evandeer Hollyfield espoleado por algún viejales que se haga llamar mánager. 
Me gustan estos minutos previos, huelo el sudor y el ambiente cargado del recinto, las taquillas oxidadas, el público con la adrenalina a tope esperando, aún lejano, como si estuvieran a miles de kilómetros de mí. Oigo el jaleo de la pista, me llega amortiguado. Tengo la cabeza mojada, es un ritual, me la empapo, y me siento hasta que me llaman, es siempre igual. El grifo gotea, cada gota se siente por toda la estancia. Una cucaracha ronda por el rincón mas oscuro del vestuario hasta colarse por debajo de una taquilla. Del techo cuelga un fluorescente que dota al vestuario de una luz amarillenta que parpadea, acompañándola de ese característico zumbido de esa clase de luz.
Mi tío, que hace las veces de entrenador, entra con mis guantes atados y apoyados en su hombro izquierdo. -Vamos Cañón, te van a presentar, ponte los guantes.
Siempre que le veo así recuerdo su primer consejo, cuando yo tenía apenas 15 o 16 años: "Golpea mejor quién golpea primero". eso fué todo lo que me dijo.
Entonces en mi cabeza todo se ve envuelto en música clásica. Subo unas escaleras mientras el griterío crece y se oye cada vez mas cercano. Voy golpeándome los guantes entre si, respirando ruidosamente, inhalando y exhalando por la nariz con los dientes apretados y la boca semiabierta. De repente la luz me ciega unos instantes y aparezco por un vomitorio lateral, flanqueado por mi tío.Levanto el puño saludando a las 300 o 400 personas que hay en el pabellón y me santiguo, besando mi guante derecho. Un gordo bajito y con signos de calvicie vestido con un smoking muy remendado vocifera a traves de su micrófono y un par de chicas en bikini se contornean entre las cuerdas. Sobre mi espalda imagino las gotas de sudor resplandecer bajo los focos, como estrellas de neón. Vamos allá.

2 comentarios:

  1. este relato de tu Pucela imaginaria huele a agua de lluvia de un día no muy frío, a finales de verano....huele a sudor y a testosterona...a escape de coche viejo....


    vamos allá........

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