El menda que escribe

Vivo en Valladolid, la ciudad donde nunca pasa nada.
"Se que no debería, pero me voy a tomar otra copa."

lunes, 20 de septiembre de 2010

Suspicious minds

Bajaba a sabiendas de lo que me iba a encontrar, no puedo evitarlo, me encanta ese bar. No se si hay muchos bares así en Valladolid, pero ciertamente, este era mi favorito. Lleva ahí, en la plaza de la Universidad toda la vida. Apenas se le ve la puerta, encajado como está entre dos bloques de edificios. En el cristal de la entrada puede leerse en mayúsculas la palabra JAZZ. Casí todos los jueves despues del trabajo, a eso de las 11 me paso por ahí, unas veces solo y otras acompañado. Ciertamente ha sido un jueves jodido, llevo la chupa al hombro cuando empiezo a bajar las escaleras que llevan a la barra, todo el bar está como bajo el nivel de la calle, lo cual ayuda mucho a la hora de ambientarlo como el dueño quiere.
Una vez abajo, te innunda una luz aurea, que se refleja en un par de espejos que hay en una de las paredes... en realidad casi todo el bar está decorado con madera, creo que eso magnifica el color amarillo brillante que llena el local. Se oían los primeros compases del I´m on fire de Springsteen.
Un chico de veintipocos años choca levemente conmigo mientras voy a la barra, lleva una copa en cada mano, apenas le presto atención mientras se sienta al lado de una mujer. Tell me now baby is he good to you...Can he do to you the things that I do...I can take you higher...ooooh i´m on fire. Que grande Springsteen.
Un camarero pasa entre las mesas redondas, tienen una pequeña lamparita en el centro de cada una de ellas. Por allí va el chico, despachando bebidas, depositándolas con mimo desde su bandeja plateada. Es alto y delgado, pero se mueve agilmente, incesantemente entre la barra y las mesas.
Marissa, una de las camareras de la barra,  hija del dueño, me pregunta que quiero tomar.
-Jack Daniels.- La respondo secamente.
-Tienes mala cara, ¿te pasa algo?
-No, nada especial, ultimamente no duermo muy bien.-respondo.
-Te traeré tu whisky. Dice sonriéndome.
Es realmente guapa y creo que le gusto, además,  ella está saliendo con el típico gilipollas que no la hace ni puto caso. Se da la vuelta para mirarme desde el otro lado de la barra, genial, creo que me ha cazado mirándola el culo. Ella sigue sonriendome, ella manda, y lo sabe. Aún conserva ese aire cándido de la universidad, bueno creo que está en el último año, no estoy seguro.
Por fin me trae el whisky, su mano roza la mía alrededor del vaso, como por descuido; lo ha hecho a propósito, estoy seguro. Le doy un tiento al Jack Daniels solo con hielo mientras miro las botellas de la estantería. Están iluminadas desde abajo con la misma luz que el resto del local, y despiden reflejos que se pierden de camino al techo.El dueño del bar sale de la puerta de la cocina, me saluda desganado, es un estúpido. Sale de la barra y se dirige al fondo del bar fumando un Ducados. Me doy la vuelta y apoyo los codos en la barra, con el whisky de la mano, ya se lo que viene ahora.
El viejo se sienta detras de un piano, deja el cigarrillo en un cenicero encima del mismo y empieza a tocar, lentamente, notas sin sentido aparente, nadie le hace caso. al fin y al cabo esa parte del bar está en penumbras. A los pocos minutos el camarero que trajinaba entre mesas se acerca a la barra y deja allí la bandeja. Va hacía el piano también; se seca, mientras camina, las manos en el mandil negro; se lo desata y se lo quita, dejándolo en un taburete. Para cuando llega al pequeño escenario, tres pequeños focos se han encendido a su alrededor y la gente se ha girado hacia ellos dos. Por fin se coloca detras del micrófono y  la música del local desaparece. Como todas las noches, lo primero que dice cuando abre la boca es: "Hola, quizas me recordareis porque os he servido copas hace un rato...y ese del piano es mi jefe" entonces, también como cada noche, el viejo empieza a tocar en su piano las primeras notas de Suspicious Minds, de Elvis Presley.

martes, 14 de septiembre de 2010

Corre pequeña

Una mujer delgada, morena tanto de piel como de cabello, de treintaipocos años huía, corriendo, derribando a su paso camareros y mesas por igual. Se alejó corriendo en dirección Fuente Dorada. Lloraba desconsoladamente y tenía un arañazo en la cara. En su expresión se leía nitidamente que escapaba. Escapaba del mundo y de todo lo que contiene. Un par de policias que rondaban por allí la interceptaron y ella se rindió despues de un breve forcejeo; comprendió que ya todo daba igual. La miré a los ojos mientras pasaba a mi lado escoltada por los dos policias; ella me miró, pero no me vió, sus ojos estaban vacios, muertos, nunca he vuelto a ver una tristeza tan profunda.

Habían recorrido casi mil kilómetros la noche anterior, huyendo. Hablaban nerviosas entre ellas, tenian un marcado acento gaditano y no sabian como demonios habian acabado en el Hotel París, un antiguo y céntrico hotel, con ese discreto encanto de capital castellana. Unicamente el azar las había traido a Valladolid.
-Si este hotel fuera una persona sería Concha Velasco.-dijo una de las mujeres para aliviar la tensión.
Apenas sonrieron, porque desde que salieron de Cadiz sabian que estaban sentenciadas. Era cuestión de tiempo que las encontrasen, y como ambas bien sabian, en los dos maletines de piel que llevaban como único equipaje, había bastante menos de 3 millones de euros, que era lo necesario para saldar la deuda.
Se besaron, la luz entraba sucia por las rendijas de la persiana, dejando la habitación en penumbras. Se veía cada molécula de polvo flotar, iluminada con la luz dorada del atardecer. Se alojaban en la habitación que hace esquina, en el último piso, preparadas para lo peor.
 María, la mas fuerte de las dos fué la que separando sus labios dijo con voz ronca: vete.
Aquella única palabra sonó como un trueno en la mente de Priscilla, la otra mujer,  delgada, de treintaipocos, morena tanto de piel como de cabello.
-Sabes lo que pasará si nos encuentran, lo sabes.... pero ellos no saben que tu también estas implicada, ellos creen que estoy sola. Solo vivirás si huyes... y yo quiero que vivas.
Ni siquiera en ese momento la dijo "te quiero", María era una mujer dura, muy dura y ese iba a ser su último acto de amor.
-Coge la chaqueta, sal al pasillo, cuenta hasta veinte y vete, no se te ocurra volver Cilla. No me jodas ¿eh?
Priscilla cogió su chaqueta vaquera de un viejo mueble rococó y sin mirarla se marchó cavizbaja hacia la puerta.
-No habrá puesta de sol en Miami María.-dijo Priscilla con voz llorosa.
-No, al menos no para nosotras...adiós pequeña.- contestó María.
Priscilla tenía agarrado el pomo de la puerta, pero estaba inmovil, no movía ni un músculo de su cuerpo. Estaban de espaldas la una y la otra. Finalmente y con mano temblorosa, Priscilla abrió la puerta y se marchó.
María sonreía tristemente -estuvimos a punto Cilla, casi lo logramos-
El pasillo tenía moqueta roja y era estrecho, Priscilla sentía que la faltaba el aire, era una sensación angustiosa, pero tenía que hacerlo, estaba locamente enamorada de ella pero tenía que irse, asique empezó a contar lentamente, apoyada en una de las paredes... 1,2,3,4,5,6,7...8.........9..............10,11..........12.....pero no pudo más, rompió a llorar y se marchó escalera abajo, dejando en el suelo su chaqueta vaquera favorita; regalo de María.
En la habitación, María se preparaba un Ron con limón, había dejado el grifo de la bañera abierto, llenándose.
Cuando terminó de preparárselo, se desnudó dejando la ropa en el suelo y se dirigió con la copa en la mano a la bañera de porcelana llena de agua tibia. Pasó mas de media hora en la bañera, saboreando el ron, notando como bajaba por su garganta. Una vez terminado dejó el vaso en el suelo, se metió una pistola en la boca y apretó el gatillo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El boxeador

Es domingo, normalmente a las siete de la mañana estaría o bien en mi cama durmiendo la resaca o bien en cama ajena. Pero no, esta semana es diferente, el viernes hay velada y por eso me estoy mojando cruzando un lluvioso Puente Mayor.
Tengo 32 años y como todos los boxeadores de mi generación crecí con las pelis de Rocky asíque no es de extrañar que lleve un chandal gris, capucha incluída. Septiembre es una mierda, ayer mismo hacía un calor de mil demonios, pero hoy, con el cambio de mes ha amanecido completamente nublado el cielo de Valladolid. La temperatura no es mala, pero una lluvia fina cae, despertando perezosamente a la ciudad, que a estas horas aún es reticente a ponerse en marcha un día más. Dos borrachos pasan a mi lado, supongo que su mayor objetivo en la vida ahora mismo es alcanzar su casa y la comodidad de sus camas. Me dejan un pestazo a ginebra cuando nos cruzamos.
La cosa es hacerme una hora de footing, rodear las Moreras, el Poniente y volver a casa. Esto es un desastre, estoy kilo y poco por encima del peso pactado... es mi primera velada en 3 meses, asíque tengo que tener un aspecto aceptable. Empiezo a jadear, tengo los playeros empapados, paso de esquivar los charcos. Una vieja me mira con cara extraña, está paseando a su perro versión miniatura, con un estúpido jersey de rombos morados. Sonrío.


-¡No te esperábamos hoy por aquí!.
Los chicos me saludan cuando me ven entrar en el gimnasio. Siempre he odiado los macrogimnasios tipo el Palero, de acuerdo, tienen las mejores instalaciones, pero todo es demasiado... no se, hecho en serie, productos sin personalidad, números sin más. Por eso nunca me he movido del viejo gimnasio King Kong de mi barrio. Un viejo edificio de ladrillos pintados de blanco con esas ventanas alargadas que abarcan los dos pisos que tiene y un letrero con el nombre en vertical, de esos que se iluminan por las noches. No tiene piscinas ni saunas con baños suecos ni mariconadas, pero se respira el auténtico ambiente de gimnasio, no se... no se como explicarlo mejor, pero me encanta ese lugar.
-Tienes que machacar a ese hijoputa. Me dicen los chavales, me reconocen por un cartel en blanco y negro que hay en la entrada, "Gran velada boxística, Cañón Estevan contra Eulogio Romero". Me llaman cañón desde pequeño, no tiene nada que ver con el boxeo, pero para esto, supongo que es un apodo acertado.
No falta el capullo que me dice que tiene María. -Tío no me jodas, boxeo el viernes.
Salgo de allí con la bolsa de deporte al hombro, sigue lloviznando, tooodo el cielo grisaceo, como una capota que cubre la ciudad. Supongo que el verano se ha terminado, pienso.
Miro mi decrépito Renault 12 que alguna vez fué de color granate, supongo que es lo mejor que puedo esperar... al fin y al cabo nunca dí el salto al profesionalismo. Abro y tiro la bolsa al interior, sobre el asiento del copiloto. Un crucifijo cuelga del retrovisor y se balancea caprichosamente cuando empiezo a maniobrar para salir del aparcamiento. Parece que ha parado de llover, aunque el cielo sigue igual de tristón.


Me han dicho que el polideportivo está lleno, no me lo termino de creer, Valladolid no tiene una gran afición por el "noble arte", como dicen los periodistas cuando van de listillos.
La verdad es que estoy tranquilo, sentado en el banco de madera, en el vestuario, conozco al tal Eulogio, tiene veintitantos años y es buen chico... simplemente no tuvo suerte, es otro despojo como yo, ya solo podemos aspirar a hacer de sparring de algún chaval insolente que se crea el próximo Evandeer Hollyfield espoleado por algún viejales que se haga llamar mánager. 
Me gustan estos minutos previos, huelo el sudor y el ambiente cargado del recinto, las taquillas oxidadas, el público con la adrenalina a tope esperando, aún lejano, como si estuvieran a miles de kilómetros de mí. Oigo el jaleo de la pista, me llega amortiguado. Tengo la cabeza mojada, es un ritual, me la empapo, y me siento hasta que me llaman, es siempre igual. El grifo gotea, cada gota se siente por toda la estancia. Una cucaracha ronda por el rincón mas oscuro del vestuario hasta colarse por debajo de una taquilla. Del techo cuelga un fluorescente que dota al vestuario de una luz amarillenta que parpadea, acompañándola de ese característico zumbido de esa clase de luz.
Mi tío, que hace las veces de entrenador, entra con mis guantes atados y apoyados en su hombro izquierdo. -Vamos Cañón, te van a presentar, ponte los guantes.
Siempre que le veo así recuerdo su primer consejo, cuando yo tenía apenas 15 o 16 años: "Golpea mejor quién golpea primero". eso fué todo lo que me dijo.
Entonces en mi cabeza todo se ve envuelto en música clásica. Subo unas escaleras mientras el griterío crece y se oye cada vez mas cercano. Voy golpeándome los guantes entre si, respirando ruidosamente, inhalando y exhalando por la nariz con los dientes apretados y la boca semiabierta. De repente la luz me ciega unos instantes y aparezco por un vomitorio lateral, flanqueado por mi tío.Levanto el puño saludando a las 300 o 400 personas que hay en el pabellón y me santiguo, besando mi guante derecho. Un gordo bajito y con signos de calvicie vestido con un smoking muy remendado vocifera a traves de su micrófono y un par de chicas en bikini se contornean entre las cuerdas. Sobre mi espalda imagino las gotas de sudor resplandecer bajo los focos, como estrellas de neón. Vamos allá.

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