El menda que escribe

Vivo en Valladolid, la ciudad donde nunca pasa nada.
"Se que no debería, pero me voy a tomar otra copa."

lunes, 10 de enero de 2011

Perdedores´s road

Alexander tiene un ligero sobrepeso, dos cicatrices en la frente y unos ojos grises como el báltico. Todos le llaman "el ruso", a pesar de que es de algún lugar del sur de Ucrania. Vino a España hace 15 años y le conozco porque frecuentamos los mismos bares, supongo, bueno y porque trabajo para él. El ruso lleva una agencia o tienda o lo que sea de coches usados, la tiene en la entrada del Polígono de Argales, nada mas pasar la vía, al lado de una gasolinera. "La puerta de atrás del Paseo Zorrilla" dijo una vez el ruso. El sitio es francamente deprimente, tiene ese aire decadente de concesionario de segunda mano típico de los norteamericanos; con banderolas triangulares de colores, carteles de cartón sobre las lunas de los vehículos y un globo aerostático que hace años que no veo inflado. Desde la calle, donde tiene aparcados una veintena de chatarras andantes, en el patio delantero sin asfaltar se ve la oficina a través de la cristalera. Allí está siempre de un lado a otro, con su eterna camisa blanca llena de mierda por fuera del pantalón. Como secretaria tiene a su hija, Svetlana, que rondará los 20 años. Es la típica belleza caucásica, rubia, alta, delgada, facciones duras... 
Al parecer su madre (la mujer del ruso) era una golfa. Siempre se ha rumoreado que el ruso la cazó con otro en la cama y les propinó tal paliza que se los cargó en el acto a los dos. Dicen que por eso vino a España. Él siempre dice que fue por el clima. Ya, claro. De cualquier forma, es un buen tipo, aunque le guste ir de tipo duro e impenetrable. El típico ruso matón... pero no es así, mas de una vez le he visto sentado a oscuras en su despacho con una botella de Smirnoff a medias y llorando a moco tendido escuchando en un viejo tocadiscos esa vieja balalaika que luego versionaría Dolly Parton y que a España llegó con el nombre de "que tiempo tan feliz".
A juego con todo esto, el cielo gris es una constante en el concesionario, es como un plus de penosidad. Vivo en frente, por detras del edificio del Centro Madrid, y desde mi casa veo el concesionario, asíque cuando veo al ruso acercarse a abrir la verja, me visto y salgo a la calle. Ayer llovió durante toda la noche y el asfalto, que está hundido por numerosos sitios, provoca que todo se llene de charcos y de barro. Cruzo la vía sin mirar (es una vía de apoyo que sale de la estación y no se a donde coño lleva, pero casi nunca pasan trenes) y saludo con la cabeza a Miguel, el gasolinero, que me saluda desde la acera de enfrente. Es pelirrojo y todos le llaman Mike. Cuando puede, da de comer a un famélico perro que ronda por los alrededores que se parece a ese perro marrón de los Simpsons. No aparece todos los dias y siempre pienso que nunca le volveré a ver, pero siempre aparece una vez mas, hoy mismo le veo acercarse a lo lejos, cojeando ligeramente. Eso es todo, no hay mas, ni policias ni tiroteos, ni aventuras. Simplemente un grupo de seres humanos que día a día se afana en sobrevivir, entre charcos de agua sucia, un cielo gris y el frío que hace en las profundidades de la mediocridad.

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