El menda que escribe

Vivo en Valladolid, la ciudad donde nunca pasa nada.
"Se que no debería, pero me voy a tomar otra copa."

martes, 14 de septiembre de 2010

Corre pequeña

Una mujer delgada, morena tanto de piel como de cabello, de treintaipocos años huía, corriendo, derribando a su paso camareros y mesas por igual. Se alejó corriendo en dirección Fuente Dorada. Lloraba desconsoladamente y tenía un arañazo en la cara. En su expresión se leía nitidamente que escapaba. Escapaba del mundo y de todo lo que contiene. Un par de policias que rondaban por allí la interceptaron y ella se rindió despues de un breve forcejeo; comprendió que ya todo daba igual. La miré a los ojos mientras pasaba a mi lado escoltada por los dos policias; ella me miró, pero no me vió, sus ojos estaban vacios, muertos, nunca he vuelto a ver una tristeza tan profunda.

Habían recorrido casi mil kilómetros la noche anterior, huyendo. Hablaban nerviosas entre ellas, tenian un marcado acento gaditano y no sabian como demonios habian acabado en el Hotel París, un antiguo y céntrico hotel, con ese discreto encanto de capital castellana. Unicamente el azar las había traido a Valladolid.
-Si este hotel fuera una persona sería Concha Velasco.-dijo una de las mujeres para aliviar la tensión.
Apenas sonrieron, porque desde que salieron de Cadiz sabian que estaban sentenciadas. Era cuestión de tiempo que las encontrasen, y como ambas bien sabian, en los dos maletines de piel que llevaban como único equipaje, había bastante menos de 3 millones de euros, que era lo necesario para saldar la deuda.
Se besaron, la luz entraba sucia por las rendijas de la persiana, dejando la habitación en penumbras. Se veía cada molécula de polvo flotar, iluminada con la luz dorada del atardecer. Se alojaban en la habitación que hace esquina, en el último piso, preparadas para lo peor.
 María, la mas fuerte de las dos fué la que separando sus labios dijo con voz ronca: vete.
Aquella única palabra sonó como un trueno en la mente de Priscilla, la otra mujer,  delgada, de treintaipocos, morena tanto de piel como de cabello.
-Sabes lo que pasará si nos encuentran, lo sabes.... pero ellos no saben que tu también estas implicada, ellos creen que estoy sola. Solo vivirás si huyes... y yo quiero que vivas.
Ni siquiera en ese momento la dijo "te quiero", María era una mujer dura, muy dura y ese iba a ser su último acto de amor.
-Coge la chaqueta, sal al pasillo, cuenta hasta veinte y vete, no se te ocurra volver Cilla. No me jodas ¿eh?
Priscilla cogió su chaqueta vaquera de un viejo mueble rococó y sin mirarla se marchó cavizbaja hacia la puerta.
-No habrá puesta de sol en Miami María.-dijo Priscilla con voz llorosa.
-No, al menos no para nosotras...adiós pequeña.- contestó María.
Priscilla tenía agarrado el pomo de la puerta, pero estaba inmovil, no movía ni un músculo de su cuerpo. Estaban de espaldas la una y la otra. Finalmente y con mano temblorosa, Priscilla abrió la puerta y se marchó.
María sonreía tristemente -estuvimos a punto Cilla, casi lo logramos-
El pasillo tenía moqueta roja y era estrecho, Priscilla sentía que la faltaba el aire, era una sensación angustiosa, pero tenía que hacerlo, estaba locamente enamorada de ella pero tenía que irse, asique empezó a contar lentamente, apoyada en una de las paredes... 1,2,3,4,5,6,7...8.........9..............10,11..........12.....pero no pudo más, rompió a llorar y se marchó escalera abajo, dejando en el suelo su chaqueta vaquera favorita; regalo de María.
En la habitación, María se preparaba un Ron con limón, había dejado el grifo de la bañera abierto, llenándose.
Cuando terminó de preparárselo, se desnudó dejando la ropa en el suelo y se dirigió con la copa en la mano a la bañera de porcelana llena de agua tibia. Pasó mas de media hora en la bañera, saboreando el ron, notando como bajaba por su garganta. Una vez terminado dejó el vaso en el suelo, se metió una pistola en la boca y apretó el gatillo.

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